La ciudad de Darashia amaneció hoy con los graves lamentos de Kazzan, el Califa de Darama, quien desde la torre más alta del depot cortaba el crepúsculo anaranjado del desierto anunciando la mala noticia.
El bullicio usual del mercado se detuvo. Feroces regateos y transacciones cotidianas quedaron suspendidos como las gotas de rocío en las frías mañanas de Venore. Todas las caras se giraron hacia la figura a contraluz que se vislumbraba en lo alto de la torre.
"El honorable vecino de Darashia y muy querido por todos, el viejo Milo, ha sido encontrado muy de madrugada boca abajo en su casa de Darashia. Aparentemente llevaba muerto desde hacía días, y en estos instantes el mismísimo médico del visir aún estudia las circunstancias que rodean este trágico suceso".
La noticia fue pronto conocida por toda la ciudad, y poco después, la vida mercante de Darashia prosiguió con sus rituales cotidianos como si nada.
Conforme la mañana avanzaba y las rutas de comercio se reanudaron, la noticia se extendió prontamente a través de las montañas, llegando a la vecina ciudad de Ankrahmun.
Como en todas las ciudades, las noticias más frescas se traían y buscaban en la taverna del puerto.
"Según he oído en el depot, los vecinos de Darashia, creyendo que se podría tratar de un nuevo brote de peste, avisaron a los guardas del castillo sobre un olor sospechoso que podía percibirse desde los baños públicos. Fue así como los guardas dieron con el cuerpo del viejo Milo" -narraba un hombre de nariz aguileña y que no paraba de alisarse su barba castaña.
"Pues yo he oído en Liberty Bay que presintiendo la presencia de la muerte en su casa, Milo escribía a toda prisa un documento para legar su fortuna a sus compañeros más queridos, pero que el milagro de la vida abandonó su cuerpo antes de que pudiera terminarlo" -añadía un anciano haraposo de ropajes grises.
En ese momento, dos soldados de la guarda personal del faraón irrumpieron en la taverna con sus armaduras doradas y capas rojas. Con una mano en el mango de sus espadas, se postraron cada uno a un lado de la puerta, anunciando la entrada de Jakahr, el infame pregonero de Ankrahmun, quien después de aclarase la voz anunció solemne:
"Ha sido decretado por orden del Califa que la fortuna y posesiones del viejo Milo sean transferidas a las del tesoro real para ayudar así a los hijos de Darama en la legítima guerra contra los hijos del desierto".
Un mumullo recorrió la taverna, famosa por sus pipas de agua y por sus acaloradas discusiones políticas.
Alzando su voz para acallar los murmullos, prosiguió: "Se ruega a toda gente de bien que dediquen una oración por el descanso de su alma eterna".
Por el rabillo del ojo Arito vió a Jakahr y a los guardas marcharse de su establecimiento, y, con la indiferencia profesional de un tavernero, tragó saliva que le supo a veneno y limpió los vasos muy enfurecido por tener que permaner callado.
Friday, May 2, 2008
La voz de Darashia.
Sunday, April 27, 2008
Gaceta la Goleta
El 4 de Noviembre de 2007, el capitán Zissou y su tripulación zarparon del puerto de la bahía de Santo Colomo en una expedición temeraria augurada al fracaso.
Hoy, casi 6 meses después, un buque mercante de la compañía Las Amercias encontró la embarcación encayada en un arrecife cercano a Pederasca. Se especula sobre un posible naufragio debido a la inexperiencia del capitán en las aguas mayores, aunque las autoridades navales no descartan otras causas.
Tras explorar la embarcación los marinos de Las Amercias encontraron algunos efectos personales. No se han encontrado sin embargo, resto alguno de la tripulación.
Hoy se vive un día de luto oficial en el puerto de Santo Colomo. Las banderas se bajarán a media asta debido al cariño que el pueblo le tenía al capitán por su papel activo en la Revolución de los Palomos.
Sin embargo, no hay dos sin tres, y cada cual tiene su San Pascual, especialmente en Santo Colomo, donde el que no come pan, definitivamente come lomo.
De todas modos, a mí nunca me cayó bien, era un petulante engreído -gruñe Kymmenen, un bucanero barbudo de los de parche en el ojo y cicatriz en la cara- El podrido bastardo...
Pues a mí siempre me pareció un chico muy majo y educado, -interrumpió doña Herminia, siemprepresente de cuerpo y cuervo- Quizá un poco sisältäohjautuva, pero muy educado.
Molesto por ser interrumpido, Kymmenen respondió- Anciana, váyase a otro lado con su cuervo a roer y chupetear huesos si no quiere que le dé un puntapié en el costalal como el que le dí en el 74. -Viendo el efecto de sus palabras en doña Herminia, prosiguió algo más envalentonado- El Zissou ése, era un marino de plumero y fanfarria; con sus suspiros de chiqueta enamorada sacaba a cualquiera de quicio. Era de ese tipo de capitán que para salir de su camarote necesitaba siempre 30 minutos de espejo y polvera. Y yo meo ron añejo sobre mamelucos como él.
Pogo el mono, inseparable compañero de Kymmenen, sabía muy bien como agitar el ambiente cuando su amo se animaba, así que empezó a gritar y a dar saltos sobre las vigas de la cantina parando solamente para rascarse el ojete mofándose de la anciana.
Una risa se extendió entre los hombretones de la cantina, la mayoría de los cuales, aquella noche, o temían, o estaban al servicio de Kymmenen.
Doña Herminia, sabiendo de la rivalidad de los dos marineros, y habiendo acumulado a lo largo de los años tanta astucia como prudencia, respondió antes de darse la vuelta - Un poco de respeto para el ya difunto capitán, no es de hombres hablar duro cuando ya no se ha de ser contestado.
¡Anciana del infierno! -estalló Kymmenen, levantándose de su silla con llamas encendidas en su ojo de alquitrán.
Rápidamente, con un gesto certero, la anciana se cubrió con su capa negra, y ante el asombro de todos, cuerpo y cuervo desaparecieron en una nube de humo gris y plumas negras.
Mientras la confusión aún estaba tan presente en la cantina como el humo de la anciana, se oyó decir desde todas partes:
Si tan duro eres, junta a tus hombres, coge tu nave y zarpa al amanecer. Triunfa donde él fracasó y gánate el respeto de los que aún callando, todavía recuerdan lo que hiciste en la bahía de San Jerónimo.
Enfurecido y respirando pesadamente por la nariz como un toro bravo, Kymmenen, a falta de ron, tragó orgullo, y sin saber muy bien por qué, tomó las palabras de la anciana como una orden, y al poco tiempo bebía como un bucanero mientras su segundo de a bordo reclutaba a los mejores hombres para la travesía de la mañana.