¿A tí te pasa alguna vez que hay situaciones
en las que la gente se pone muy triste o muy
contenta, y tú, en verdad, pues, sientes que en
realidad no sientes mucho y eso te vuelve un
poco loco viendo a toda esa gente tan triste o
tan contenta y uno sin sentir nada? A mí me vuelve
muy loco.
También me pasa a la inversa, y es entonces cuando
uno piensa que debe de ser que las personas parecemos
todas iguales, pero que por lo visto/oído, va a ser
que no.
Mirando escritos arcaicos de la época en Austria, he encontrado evidencia documental de uno de esos momentos.
Estaba en el descanso, esos 30 minutos de cigarrillos,
hamburguesas y visitas al wáter mal digeridas. En la
sala de personal estaba el cuadro habitual: sentados a
la mesa, algún encargado precariamente adulado por
adulantes trabajadores precarios.
Ahí en una silla estaba sentado este chaval kurdo que
siempre está sacando la basura y limpiando las mesas
tan calladito. Miraba al suelo sentado con los brazos
apoyados en las rodillas, con las manos colgando entre
las piernas. Todos se quejan del tiempo que lleva ya
en Austria y del poco alemán que habla. Yo me he
dado cuenta de que es verdad, no habla ni palabra de
alemán. Aunque, bien visto, para simplificar las
cosas, se podría muy bien decir que es que no dice ni
palabra, y punto.
Pero eso evidentemente no da tanta conversación -es
mejor añadir lo del alemán.
Así que me siento en una esquinita de la mesa también
muy calladito y sin hacer ruído, como me enseñaron. Y,
por rehuír del "núcleo duro" de la sala de personal y
también por hacer algo de conversación con él, le
pregunté de nuevo:
Oye, ¿tú cómo te llamabas?
Billy -dice él.
Le miro el tupé siempre repeinado, las patillas finas
esas a cada lado de la cara y los zapatos de punta
italiana como dándole ahora sentido. Me repito “billy”
y sonrío un poco por dentro.
Insatisfecho, por seguir un poco con el intento de
dar conversación, añado:
Pero, ¿"Billy"? ¿Tu nombre es "Billy" o…?
Sí -dijo Billy.
Como un destello, desde la lejanía del otro lado de
la mesa alguien en medio milisegundo le interrumpe su
ininterrumpible escueta respuesta diciendo:
No, tu nombre es Bílal. Tú-eres-Bílal.
Billy queda en silencio y baja los ojos asintiendo
con la cabeza. Todos volvieron a sus conversaciones
como efectivamente pasó, es decir, como si nada
pasara. Y yo, me quedo ahí mirándole con un nudo doble
en el alma y pensando que nunca un tupé repeinado, unas
patillas finas y unos zapatos de punta italiana me parecieron
más tristes.
Sunday, June 22, 2008
Billy
Monday, May 5, 2008
Vitaliy Patsyurkovskyy
Lo había visto por distintos callejones durante las últimas semanas. A diferencia de los otros músicos urbanos que inundan las calles principales de Graz con la llegada de la primavera (Austria, entre otras cosas, es conocida por sus prestigiosos conservatorios de música, y muchos de sus estudiantes, que vienen del Este, ven en la calle lo que otros entenderían por una beca) a él, con su pelo corto casi rapado al cero, su pronunciada nuez y su nariz de velero hundido, me lo encontraba casi siempre en los callejones secundarios; en aquellos más estrechos y recónditos.
Daba igual la hora: al ir a trabajar por la mañana o al pasear por la tarde noche con las frescas, ahí aparecía él de pronto en el callejón menos esperado, sentado como una esfinge con sus ojos azules clavados en el suelo, tocando su acordeón.
Casi siempre nos parábamos un rato. Estirábamos nuestra pobreza y, rebañando monederos y bolsillos, conseguíamos dejarle a penas unas monedas.
Tocaba con pasión, aunque casi sin moverse y sin levantar la mirada. Su mirada la dejaba puesta en un punto fijo en el suelo a un par de metros de sí. Cuando terminaba una canción, parpadeaba lentamente, pero no dejaba de mirar aquel punto.
Había algo en él que me hacía pensar. ¿De dónde vendría? ¿Rusia? Quizá Polonia. ¿Tendría alquilada alguna habitación lúgubre aquí en Graz, o dormiría en la calle? De todos modos se pasa el día entero tocando en la calle... pero, ¿no se siente solo? ¿Por qué no mira a los que se paran a admirar su música, su emotivo talento? ¿Qué hará cuando llegue de madrugada a su habitación oscura y vacía? ¿Se sentará en silencio en la cama y seguirá mirando aquel punto en el suelo? ¿Qué verá en aquel punto? ¿Será una ventana mágica con la que recuerda algo que ocurrió en su pasado y de la que emana esa melancolía infinita que le entra por la mirada y le sale por los dedos? ¿O acaso verá en ella una lucecita de esperanza para el futuro?
Siempre me dejaba un interrogante en el corazón.
Uno de esos días resplandecientes de primavera llenos de flores en los que hasta los tranvías parecen ir canturreando, oí su acordeón. Tocaba una melodía alegre, un poco al estilo barroco, así que callejeé un poco para encontrármelo.
Qué música más alegre -pensé. Quizá hoy esté de buen humor.
Pero no, seguía igual, sentado en el suelo y con su mirada fija; aunque ciertamente la música era alegre.
Cuando terminó, otros transeúntes anónimos y yo aplaudimos. Para mi sorpresa, con un movimiento lento alzó la mirada y me miró a los ojos. Pero, justo un segundo después, apartó la mirada -mientras la bajaba de nuevo hasta el suelo, hizo, click, una pequeña y casi imperceptible pausa en medio del trayecto, una pausa que denotaba un pensamiento y el hecho de que ya andaba perdido en el infinito de su mirada.
Fijó sus ojos azules y tristes en el suelo gris y dejó correr unos instantes. Poco después, comenzó a tocar.
Un grupo de unos 5 turistas italianos de unos 30-40 años que pasaba por allí se detuvo a escuchar.
La pieza empezaba con unas notas graves lentas y tristes, unas notas que casi sin fuerza, se arrastraban por toda la pieza. Poco a poco, una melodía más aguda se alzaba de entre la bruma de los graves y, débilmente, parecía decir "estoy herido de muerte, se me va la vida, no puedo, no puedo seguir, muero, muero, muero..."
Aburridos, los italianos empezaron a hablar entre sí por encima del acordeón sobre uno de esos panfletos paras turistas que explican dónde están las cosas más bellas de cada ciudad. Uno de ellos sacó su cámara digital y, postrándose delante del acordeón, empezó a hacerle fotos a la puerta del restaurante junto a la cual se sentaba nuestro hombre.
Tilín, tilín: las campanillas de la puerta anunciaron que salían dos clientes del restaurante.
Tilín, tilín, tilín, tilín: entraban los italianos.
Sin inmutarse, él seguía concentrado, pero esta vez lejos, muy muy lejos de aquel lugar, mientras seguía tocando la canción más triste de aquella primavera.
Flap, flap, flap: unas palomas llegaron volando y se posaron a sus pies, e, ignorándolo al estilo italiano, se pusieron a picotear restos de pan que había junto a sus pies.
Él, tocaba y moría.
Yo, sobrecogido por la música y la escena, seguía allí de pie, helado, mirándole con ojos incrédulos, queriendo abrazarle.
Cuando terminó la pieza, no quedaba nadie. Ni él levantó la mirada ni yo aplaudí.
Ví su gran nuez subir y bajar una sola vez.
Le compré un CD y me marché horrorizado.
Tuesday, March 18, 2008
Zapatos sucios
Desde Julio del 2006 hasta Octubre del 2007 Veronika y yo estuvimos viviendo en Graz. Graz, aunque nadie la conozca, es en realidad la segunda ciudad más grande de Austria (después de Viena), ciudad natal de Schwarzenegger. Fue el año que Linus decidió empezar a existir.
Aquel año fue muy especial. Yo no hablaba nada de Alemán y eso, añadido a la actitud hostil por defecto de una buena parte de la gente de Austria, especialmente hacia los "inmigrantes" (colectivo del que de pronto yo formaba parte), hicieron de aquel capítulo un sueño irreal de incomunicación, soledad e inseguridades.
También de sentirme injustamente menospreciado y de heridas reabiertas en mi autoestima. Volví a dinámicas que ya pensaba superadas y que no experienciaba desde la adolescencia. Iba por la calle con el miedo de no querer molestar a la gente con mi presencia.
A veces, cuando hacía sol, lo llevaba mejor. Otras veces, la suciedad de las calles aumentaba de grosor, el perfume de las señoras, la elegancia de sus perritos o el acabado exquisito de los trajes de los caballeros me asfixiaban. Sentía que en cualquier momento iba a desfallecer espiritualmente, convirtiéndome sin que nadie lo notara, en un papel arrugado del suelo, o en una hoja seca y marchita arrastrada por el viento.
Los días pasaban entre turnos de 7 horas en el puesto de trabajo que pagaban nuestro pequeño ático y que nos daba sustento, pero que al mismo tiempo consumía mi alma. Me pasaba los días ensimismado y en silencio en un trabajo estridente que sólo requería movimientos mecánicos y en el que siempre acababa quemándome las manos.
Al terminar de trabajar, yo, que normalmente miro a la gente a los ojos buscando gestos de amor gratuito, tenía que llevar la mirada puesta en el suelo para intentar no ver las miradas de desprecio que algunas personas, sin entender yo muy bien el motivo, me dedicaban por la calle. Antes de ir a casa a concluir oficialmente el día, me sentaba invisiblemente en escaleras sucias o en plazas concurridas para mirar alternativamente mis zapatos y la gente que pasaba, mientras me fumaba un cigarro.
Otras veces iba directo a casa sintiéndome al mismo tiempo agradecido y espantado con la idea de que otro día más había acabado, y me fumaba el cigarrillo en las escaleras del portal, dejando que la oscuridad y el silencio me confortara cuando el temporizador apagaba las luces del bloque.
Paseábamos. Veronika me cogia de la mano y se sentía responsable. Espontáneamente me daba besos en las mejillas o me compraba helados. Durante los encuentros casuales de aquellos paseos me dedicaba a observar el lenguaje corporal de la gente y en prestar atención a las dinámicas de las conversaciones y a los más insignificantes detalles, mientras esperaba pacientemente a que la conversación, ajena a mí, llegara a su fin.
A veces recordaba cuando era pequeño y me agarraba a la pierna de mi madre en el mercado, esperando a que terminara de hablar con algún conocido.
Ese año no pude hablar con mucha gente. Por un lado, a veces sentía que me desvanecía. Pero por otro, es cierto que observé y observé, y que al final aprendí un poco de Alemán, y también sobre cosas algo más profundas y abstractas.
Cuando iba por la calle, por ejemplo, por primera vez podía reconocer rostros muy fácilmente. La panadera de Jakominiplatz, la novia de uno de los gemelos que se sientan siempre a ese lado del Stadtpark, uno de los voluntarios-mercenarios de Green Peace de Herrngasse vestido de paisano. También podía sentir con más facilidad el estado de ánimo de la gente.
Y sobre todo, durante esa pesadilla irreal y silenciosa de un año deambulando por las calles, desarrollé una empatía especial y silenciosa con esos otros fantasmas urbanos de Graz a los que quiero dedicarle la sección Personajes del blog: lunáticos, mendigos y músicos callejeros, personajes peculiares, hermanos míos todos, a los que abrazaba con la mirada para confortar su soledad y melancolía, reflejo secreto de la mía propia.
Monday, November 5, 2007
Llegar a Helsinki
Una de las (pocas) cosas buenas que tiene volar haciendo escalas (a parte de ser más barato), es lo curioso que resulta a veces ir parando en aeropuertos de distintos países y notar las pequeñas diferencias.
Este vez, nada más llegar al aeropuerto de Helsinki, notamos que ya estábamos en Finlandia por varios detalles que aunque pequeños no dejan de ser significativos:
- el suelo del aeropuerto es de parqué (como les sobra la madera, pues ale, a la sopa boba),
- a diferencia de todos los otros aeropuertos, en Helsinki no hay que echar dinero para coger uno de los carritos portaequipajes -se entiende que nadie va a llevárselos,
- y el conductor del autobús de conexión se baja a ayudarte a meter las maletas y antes de que puedas pronunciar palabra, es él quién te da las gracias por ayudarle a él.
Durante la última semana en Austria, mientras hacíamos el equipaje para venirnos a Finlandia, el extrañísimo partido nacional y de ultraderecha de Austria, el Partido de la Libertad de Austria (FPO), organizaba por toda Viena concentraciones frente a las mezquitas pidiendo que se prohíban en el país. Si no fuera por los disturbios, las concentraciones de neonazis y la bomba que estalló frente a una de las mezquitas, no habría nada que destacar en tal campaña, ya que sigue la línea de populismo xenófobo marcada por la que es la tercera fuerza política del país.